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«Pasamos el día en silencio religioso y preparándonos para morir mañana; solo se oye en esta habitación el santo murmullo de las oraciones, testimonio de nuestra dura angustia. Si hablamos, es para animarnos a morir como mártires; si rezamos, es para perdonar; sálvalos, Señor, porque no saben lo que hacen», Mártires de Barbastro.

Estas palabras fueron escritas por jóvenes seminaristas claretianos en Barbastro, España, en 1936, pocas horas antes de ser ejecutados por su fe.

No eran teólogos experimentados ni líderes poderosos. Eran estudiantes, hermanos y sacerdotes, la mayoría muy jóvenes, que habían sido hechos prisioneros dentro de su propio seminario durante el estallido de la Guerra Civil Española. Cautivos de las milicias revolucionarias, se les dio la oportunidad de renunciar a su fe. No lo hicieron.

En cambio, los testigos nos cuentan que cantaban himnos mientras se los llevaban. Perdonaron a quienes estaban a punto de matarlos. Y aceptaron el martirio no como una tragedia, sino como un acto de amor, un último «sí» a Dios.

Mártires de Barbastro 1

Para aquellos que quizá estén conociendo por primera vez a los mártires claretianos, su historia es sencilla y profunda: eran hombres que creían tan profundamente en Cristo que eligieron la fidelidad por encima del miedo, la esperanza por encima del odio y el perdón por encima de la violencia. Sus vidas nos recuerdan que el martirio no tiene que ver con la muerte. El martirio tiene que ver con el amor llevado a su máxima expresión.

Para nosotros, como claretianos, este testimonio no es un acontecimiento histórico lejano. Es parte de lo que somos.

Desde nuestro fundador, San Antonio María Claret (que escapó por poco del martirio en Holguín) hasta los seminaristas más jóvenes de Barbastro, nuestra historia ha estado marcada por la disposición a dar la vida por el Evangelio. Los mártires claretianos encarnan ese discipulado radical: vidas humanas frágiles sostenidas por una confianza inquebrantable en Dios.

Como hijos del Inmaculado Corazón de María, heredamos esta llamada. Los mártires no hablan mediante largos discursos o argumentos complejos; hablan a través de su silencio, su perdón y su valentía. En un mundo marcado por la división y la violencia, su testimonio se convierte en una parábola viva de reconciliación.

Jesús advirtió a sus discípulos: «En el mundo tendréis tribulación; pero tened valor, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Los mártires de Barbastro creyeron en esas palabras y las vivieron hasta el final. A partir del 1 de febrero de 2026, nos reuniremos como comunidad claretiana para celebrar el Triduo por los mártires claretianos. Durante estos días, daremos gracias por sus vidas, nos encomendaremos a su fidelidad y pediremos su intercesión. Haciéndonos eco de la oración de Faustino Pérez, CMF, que la sangre de los mártires, derramada por amor, siga estimulando el crecimiento y la expansión misionera de la Iglesia en todo el mundo.

Durante el triduo, se nos invita especialmente a contemplar A los mártires claretianos (2013), un cuadro de Juan Palomo Reina creado para su beatificación en Tarragona. Conservada en la capilla del noviciado claretiano de Granada, la imagen nos invita a la oración y al recuerdo diarios, un testimonio visual del amor dispuesto a consumirse en el fuego de Dios.

Recordar a los mártires no es solo un acto de memoria, sino una llamada a renovar nuestra fe. Que su testimonio reavive en nosotros el «fuego santo» por el que rezaba nuestro Fundador:

«Oh, Jesús mío, te pido una cosa que sé que me concederás. Sí, Jesús mío, te pido amor, Amor, grandes llamas de ese fuego que has traído del cielo a la tierra. Ven, fuego divino. Ven, fuego sagrado; enciéndeme, quémame, derríteme y moldeame según la voluntad de Dios» [Aut. 446].

También te invitamos a ver Un Dios prohibido , una poderosa película inspirada en la historia de los mártires de Barbastro, una conmovedora forma de conocer su fe, su valentía y su sacrificio.

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