sacrificio
[sustantivo]
Un acto desinteresado en el que se renuncia a algo valioso en beneficio de otra persona. La vida de Jesús nos enseña a sacrificarnos: a dar libremente y sin esperar reconocimiento. Sea grande o pequeño, cualquier sacrificio que hagamos es una ofrenda de amor, y además nos abre el corazón.
¿Por qué sacrificarse? ¿Por qué no ir a lo seguro? ¿Por qué tengo que ayudar? En medio de la confusión y el ruido del mundo actual, puede resultar difícil escuchar el susurro de Dios que nos llama a dar más de nosotros mismos. Sin embargo, Jesús lo deja muy claro: «En verdad os digo: todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Cuando hacemos un sacrificio o asumimos un riesgo para ayudar a los demás, ponemos nuestra fe en práctica. Esa acción permite que el amor de Dios fluya a través de nosotros y se extienda al mundo. Es una forma de dar gracias y dar a conocer a Dios. Desde los pequeños actos de misericordia hasta el sacrificio supremo que Jesús hizo con su vida, la práctica del sacrificio nos invita a ir más allá de nosotros mismos y de nuestros miedos, y a optar por el amor.
Querido Dios,
Tú hiciste el sacrificio supremo por nosotros. Nos mostraste que el amor y la fe exigen sacrificio y entrega más allá de nosotros mismos. Ayúdame a ver dónde puedo ayudar a los demás. Quiero vivir mi fe cada día de forma más consciente por el bien de tu pueblo. Amén.
¿Qué sacrificio puedes hacer hoy?