Hace 177 años, en una pequeña habitación de Vic, en España, se encendió una chispa. San Antonio María Claret y cinco compañeros se reunieron sin una gran estrategia ni un plan maestro, solo con un corazón ardiente por la misión de Cristo. Ese corazón ardiente se convirtió en un carisma, en una congregación de misioneros claretianos y en un espíritu vivo que se extendió como brasas por todo el mundo.

Hoy, en 72 países y seis continentes, los sacerdotes, hermanos y colaboradores laicos claretianos mantienen viva esa misma llama. El Superior General claretiano, Mathew Vattamattam, CMF, nos recuerda: «Si este espíritu no arde en nosotros, nuestras actividades no son más que funciones sin vida». Sus palabras nos devuelven a la fuente, no a las estructuras o estrategias que construimos, sino al amor radiante de nuestro Creador, que nos llama a servir a cada persona con la que nos cruzamos.
Este mes, mientras los claretianos de todo el mundo nos reuníamos para celebrar el aniversario de nuestra fundación, reflexionamos sobre lo que significa mantener vivo ese fuego original en nuestros corazones y en nuestras manos. En Chicago, sentimos ese espíritu en un encuentro lleno de alegría.
En nuestra residencia claretiana de Oak Park, sacerdotes, hermanos, colaboradores laicos y personal se reunieron para celebrar una sencilla ceremonia, compartir una comida y disfrutar de una barbacoa bajo el sol de verano. En ese encuentro, al partir el pan, renovamos nuestro compromiso: defender la dignidad de todas las personas, especialmente de aquellas que se sienten ignoradas u olvidadas.
La visión que surgió en aquella pequeña habitación de España sigue creciendo. Feliz aniversario de la fundación.


