Ir al contenido principal

desierto

Una vasta tierra árida salpicada de oasis de agua y cactus en flor. En la fe, el desierto simboliza un tiempo de lucha, incertidumbre o profunda búsqueda. Pero Jesús nos enseña que los desiertos de nuestra vida pueden restaurarnos, trayéndonos sabiduría y renacimiento.

Jesús pasó cuarenta días en el desierto. Tenía calor, estaba cansado y sediento. Pero, como nos dice la Escritura, el diablo no dejaba de atormentarlo: «¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué tienes hambre? Si tu Dios es tan grande, ¿por qué no tienes nada que beber?». 

Sin embargo, Jesús le dijo que no al diablo. Dijo que es posible pasar hambre y sed y seguir siendo amado por Dios. Es posible sufrir dolor, pérdida y pena, y seguir siendo amado por Dios. 

Todos pasamos tiempo en desiertos. A veces los creamos nosotros mismos; otras veces nos venimos obligados a ellos. Nuestra percepción de quiénes somos se hace más fuerte cuando estamos perdidos, cuando no vemos cuál es el siguiente paso y cuando no nos queda más remedio que confiar. Así es como despertamos a nuestro yo más auténtico y a la presencia de lo sagrado entre nosotros. 

Recuerda: ningún desierto es eterno, y Dios está contigo.

Oración del día

Querido Dios, 

Así como Jesús soportó las dificultades del desierto y fue tentado, pero siguió perseverando y confiando en tu gracia y misericordia, yo sigo esforzándome por hacer lo mismo. Toma mi mano y camina conmigo por los desiertos de mi vida. Es difícil ver que hay un oasis de esperanza y cambio durante esta sequía espiritual. Confío en tu plan divino para mí. Amén.

¿Cómo camina Dios contigo?


«Si el desierto es sagrado, es porque es un lugar olvidado que nos permite recordar lo sagrado. […] No hay ningún lugar donde esconderse, y así es como nos encontramos».

– Terry Tempest Williams, escritora y activista

Compartir: